El cometa



Lo supe cuando los wadrontes cabalgaron al ocaso del sol blanco, su carrera desbocada, las cornamentas relucientes, los alientos líquidos por el esfuerzo. El silencio propio de unos seres pausados, inesperadamente interrumpido.

Lo supe cuando las bránegas rebosaron magma, y un pausilo dorado se aferró a las rocas, aterrado, en lugar de echar a volar.

Lo supe por las corrientes de humo gélido que brotaban de las tundras, transportando semillas de flamperios a terrenos inhóspitos.

También lo supe, demasiado tarde, cuando nuestra mhalyo nos hizo cerrar los avistadores y acurrucarnos bajo los soportes de estudio. Y cuando Korgen me miró tranquilo. Él, que nunca mira a nadie.

Me pregunté qué podría haber hecho yo para evitarlo y me contesté que nada. Hice un esfuerzo por recordar las lecciones de la mhalyo para casos de emergencia, pero solo atisbé lejanamente algunas sinfonías de relajación, y murmuré una, en silencio.

Decidí que necesitaba archivarlo por si había continuación, un después. Alguien debería saberlo.

Me icé despacio y alcancé en mi soporte de estudio el ángelus que usábamos para archivar las lecciones de la mhalyo. Korgen ya no me miraba, ahora se percibía en él una expresión desconocida, quizás cierto temor. Él, que nunca teme a nada.

Me deslicé completamente sobre mi recién estrenado recubrimiento de escamas biseladas, hacia atrás sobre el magma negro abrillantado del observatorio estelar, alejándome a cada retroceso arrastrado de los ya inútiles protocolos de protección de la mhalyo. Con el ángelus bien escondido bajo las escamas.

La entrada estaba abandonada.

Salí al exterior y mis escamas se tensaron. Los gases alterados formaban colores aceitosos a ras del suelo. Se mezclaban entre sí y volvían a separarse.

Me puse la escafandra sintética para evitar posibles infecciones. Tenía que archivarlo todo. Encendí el ángelus y me dispuse a registrar los colores cambiantes de los gases. Miré a mi alrededor a través de la escafandra para planear una ruta.

Entonces lo vi.

Aparentemente quieto encima de mí, a miles de kilómetros de distancia pero cada vez más cerca.

El cometa.

Supe entonces y solo entonces que todo lo que observábamos con la mhalyo era cierto: los wadrontes agitados, el magma en las bránegas, el pausilo que se negaba a volar y las semillas de flamperios, que nunca habíamos visto antes.

También supe que tal vez no debería haber salido del observatorio nunca. Pero, si tenía alguna misión en esos momentos, no era intentar baldíamente quedar a salvo. La mhalyo nos había enseñado a protegernos, pero también a observar. Yo era un observador ante todo.

Me dirigí hacia los volcanes ciegos, recortados por el sol blanco, ya oculto. Detrás de mí, el sol rojo, ya bajo, proyectaba sombras alargadas sobre el terreno negro y resbaladizo.

El ángelus también lo notaba, registraba ondas que crecían más allá de los límites del nivel permisible para enseguida descender a las fluctuaciones habituales. Los sonidos y las luces parecían parpadear en frecuencias nanométricas, prácticamente imperceptibles. De una manera inexplicable, ante mí, todo parecía como siempre, pero había algo distinto. Como un zumbido continuo, ignorado hasta entonces, que de repente hubiera desaparecido.

El silencio era amenazante.

Archivé eso.

Archivé cada palmo desolado de mis pasos en línea recta hacia los volcanes que se alzaban contra el cielo rojo y negro. Los gases altos, incoloros a simple vista, impedían ver muchas estrellas en el horizonte lejano, pero el cometa continuaba sobre mi cabeza todo el tiempo, impasible. Archivé su quietud, su pequeñez magnánima que a cada instante parecía menos diminuta, más cercana.

Aceleré en mi recorrido cuando avisté los pozos. El magma apagado era completamente líquido ahora y rebasaba los bordes fundidos de la superficie.

Archivado.

Ni un solo ser con capacidad motriz a mi alrededor. Mis pasos pesados en contraste con el avance fluido de los pozos, los gases altos, el sol rojo y el cometa.

Me tumbé en la ladera que trepaba hacia los volcanes y observé el cometa a través de mi escafandra. Seguía sobre mí, como si una aguja infinita nos hubiera ensartado por el centro para observarnos en conjunto.

No sé cuánto tiempo dormí, pero debió ser mucho, porque al despertar el sol rojo estaba alto y el blanco iluminaba lateralmente las tundras y el observatorio. El cometa había desaparecido.

Regresé al observatorio, pero los soportes de estudio estaban vacíos y los avistadores, abiertos. Oí un lejano griterío arriba y subí hasta el terrado por la trepadora. Allí estaban todos, allí estaba nuestra mhalyo. Extrañada, celebraba que las observaciones no hubieran sido exactas, que el cometa hubiera pasado de largo. Todos vitoreaban sus primeras conclusiones. También Korgen.

Me senté en el borde del terrado, alejado de todos. Me quité la escafandra y miré hacia las tundras, hacia el sol blanco. El ángelus registraba las fluctuaciones habituales en las ondas.