Los gigantes



El doctor dice que debo anotar todo lo que recuerdo. Como ejercicio. Mi nombre es Emlen. Tengo 112 años, pero el doctor dice que mi mente ya ha echado el ancla y que, pronto, dejaré de recordar toda mi vida hacia atrás, hacia mi infancia, hacia mi primer recuerdo. Por eso tengo que escribir todo lo que recuerdo. Ahora.

Recuerdo estar aquí desde hace mucho tiempo, no recuerdo cuándo llegué. O si me trajeron.

Recuerdo perfectamente el día que conocí a Dandra, mi esposa. Yo observaba el vuelo de los keas salvajes en las montañas. Me gustaba ir solo, a pesar del peligro. Ella llegó una hora después, con amigos. Hablamos y quedamos para volver otro día todos juntos. Volvimos, pero solo ella y yo.

Dandra era la persona más inteligente que había conocido en mi vida. Sabía de pájaros y de muchos otros animales y fieras salvajes, sabía de gigantes, descifraba libros. Y hablaba de una forma tan precisa. Yo quería hablar como ella.

Al principio no me enamoré ni nada de eso, simplemente quería ser como ella, aprender a comportarme de determinada forma cuando había otros delante, decir las palabras adecuadas. Y quería saber descifrar libros. Me parecía lo más importante en la vida. Ella se prestó a enseñarme. Nos hicimos íntimos amigos. Y luego, simplemente, surgió. Encontramos nuestra tierra y nos quedamos allí. Nunca conseguí hablar como Dandra, pero viví con ella. Juntos enseñamos a muchos otros a descifrar libros de gigantes.

No recuerdo qué fue exactamente lo que pasó después. Ahora no está aquí conmigo. ¿Tuvimos hijos? Supongo que algunos tendríamos. Tampoco están.

Recuerdo, mucho tiempo antes de conocer a Dandra, los paseos en barca con Grus y Asio, mis dos mejores amigos de juventud. Tendríamos unos 16 años. Observábamos cómo la gran bola de luz iba desapareciendo detrás de las montañas y llegaba la oscuridad. Cómo cambiaban los colores. Me cuesta describirlo mejor. En mi mente todo tiene sentido, puedo volver a verlos una y otra vez: los colores cambiando sobre el agua. Ojalá pudiera mostrároslos.

El doctor dice que tengo que escribir absolutamente todo lo que recuerdo. Voy a escribir uno de mis recuerdos más preciados. Quizás sea mi mejor recuerdo. Ahora lo es.

Mis abuelos tenían una granja enorme y criaban aquellas majestuosas gallinas rojas ponedoras. Las gallinas eran un animal muy caro, más aún en aquella época. ¡Podíamos comer cuatro con un solo huevo!

El primer ave de mi propiedad fue un periquito, suelen regalar ese tipo de aves a los niños porque son fáciles de domesticar. Aprendí a volar en él. La gente, por lo general -si está en buenas condiciones de salud y peso-, viaja en ave. Habitualmente de noche, en lechuzas. También hay quien viaja de día, en keas (quienes pueden permitírselos). Mi abuelo prefería volar de día, pero no podía aspirar a un kea. Por eso, se convirtió en el primer domesticador de gaviotas, según él. Les enseñaba a marchar con paso ligero y al trote, a planear bajo, a tomar tierra y a iniciar el vuelo despacito.

Uno de los recuerdos más bellos de mi infancia eran los vuelos en gaviota con mi abuelo. Él en su gaviota y yo en la mía, a pesar de que yo todavía era pequeño para montar solo en aves de mayor tamaño. Me enseñó a pilotar mi gaviota para que volara a la par que la suya. Y me regaló mi primer equipamiento de vuelo, como el que usan los adultos, con el traje y la escafandra para el frío y el oxígeno en las cotas más altas. Me quedaba un poco grande al principio.

Recuerdo especialmente uno de nuestros vuelos, porque fue cuando mi abuelo me habló de los gigantes por primera vez. "Eran como nosotros", decía. Exactamente iguales, pero mucho más grandes. Algunos llegaban a medir hasta 400 gro. Y nosotros procedíamos de ellos. No he dejado de investigar sobre los gigantes, como afición, durante toda mi vida. Hasta ahora. En algún momento, dejé de ser un simple aficionado y me convertí en un auténtico historiador.

Se han encontrado numerosos restos de gigantes, huesos, en terrenos enormes que al parecer se utilizaban como tumbas colectivas. Ahora las cosas no se hacen así, cada uno se queda en su tierra, y la tierra va pasando de generación en generación. Pronto volveré a mi tierra yo también, quizás Dandra ya esté allí.

Los gigantes -según algunos libros que descifré junto a Dandra- vivían amontonados unos encima de otros y a los lados también, en enormes construcciones de cemento compartidas. No puedo evitar compararlas con jaulas. Imagino discusiones. Ruido. Vehículos inmensos por tierra, mar y aire, repletos de gigantes. En el Museo de Historia de los Gigantes hay páginas enteras extraídas de antiguos álbumes o revistas decorando las paredes, imágenes de la vida en las antiguas tierras. Me produce una gran pereza identificarme con un estilo de vida tremendamente social e invasivo. Algunos tenían sus propios terrenos, como nosotros. Supongo que serían cuestiones económicas o de comunicaciones. Con las aves es distinto.

Nos han dejado grandes conocimientos los gigantes en sus libros. Con la ayuda de mis alumnos he conseguido descifrar, por ejemplo, una buena parte de su sabiduría arquitectónica y agricultora -lo que nosotros llamamos domesticar la tierra-, para que otros puedan seguir estudiándola y poniendo en práctica sus descubrimientos. Los alumnos de Dandra hicieron grandes progresos descifrando libros acerca del inmenso lugar en el que vivimos y de lo que hay fuera. Fue impresionante. Nadie quería creer. Algunos decían que se trataba de un ejercicio de ficción.

También hay ciertas cosas que ya conocíamos, incluso con mayor precisión que los gigantes. Nuestra cartografía, por ejemplo, es bastante superior. Gracias a nuestras aves somos capaces de recolectar gran cantidad de información, hasta el más mínimo detalle, sin tener que hacer una inversión importante para realizar cualquier modificación. Además, la superficie ha cambiado bastante desde aquella era, por lo que hemos podido observar en los mapas más actualizados hechos por gigantes. Ya no hay nombres de tierras, países, continentes. Ese tipo de organización es bastante anticuado. Prácticamente inviable ahora. Las guerras son otro tema. ¡Hay tanto lugar disponible! ¿Por qué habríamos de disputarnos el de otros? Ahora somos más independientes. Individualistas. Cada uno tiene su tierra y su producción. Y si queremos algo que no tenemos, le ofrecemos a quien lo tiene alguna otra cosa de igual valor que pueda necesitar.

En cambio, aún no hemos avanzado tanto como los gigantes en otros campos. Pero el doctor, esta mañana, me ha contado que están haciendo grandes progresos en conocimientos para sanar gracias a las últimas traducciones. Al parecer mi enfermedad tenía un nombre.

Me gustaría poder recordar más de mi vida y de mis descubrimientos sobre los gigantes. Por si nos extinguimos como ellos. Tal vez consigan descifrar nuestras anotaciones los que vengan después.

Por último, no quiero dejar de mencionar que, a ratos, me parece recordar haber visto un gigante vivo. Pero no considero apropiado desarrollarlo aquí porque no estoy seguro de que sucediera.

Estoy muy cansado. ¿Dónde estará Dandra?