Todos los viernes

Todos los viernes, Vío nos llamaba en el recreo para repartirnos las tareas de ese día. A mí solía encargarme una de las importantes. Por lo general, su relación con nosotros se resumía al terreno profesional, él organizaba las funciones de cada uno y nosotros las realizábamos, el resto del día no miraba a nadie a la cara. Vío era un chico bastante solitario, no solía salir de la clase en los descansos y nunca llevaba nada para comer, se quedaba sentado en su pupitre leyendo libros gordos repletos de letras diminutas y anotaciones a lápiz en los márgenes. Pero los viernes no tenía que buscarnos, todos conocíamos la cita, diez minutos después del comienzo del recreo, con el desayuno aún en la boca, todos nos dirigíamos hacia allí sin intercambiar una mirada o una palabra. Detrás de la caseta de los servicios, Vío nos estaba esperando, nunca fallaba, pero nunca nadie le había visto caminar hacia allí desde la clase. Entonces comenzaba el pacto, nuestra misión. Una cuartilla para cada uno con varias frases escritas y un silencio absoluto. Luego cada uno a su lugar.

Mi caso era distinto, de algún modo había conseguido acercarme a él. No sé en qué momento exacto empecé a ganarme su confianza, pero creo que no puede medirse en el tiempo como un momento exacto, más bien fue el resultado de un cúmulo de actos y de gestos cómplices y fortuitos que me había situado en otro nivel distinto a los demás sin planearlo. Al principio, yo era uno más, pero a diferencia de los otros, que acataban sus tareas de forma mecánica, yo había aceptado esa misión por mi interés hacia Vio; así no fue extraño que pronto se diera cuenta de que solo yo le sostenía la mirada cuando me entregaba la cuartilla semanal. Después, mi entusiasmo, que destacaba frente a la rutina con que los otros se disponían a cumplir su trato. Y, finalmente, las leves sonrisas accidentales se tornaron muestras de aprobación.

Ya era habitual que cuando todos se marchaban a comenzar el trabajo, yo permaneciera junto a Vío, estimando la probabilidad de los resultados obtenidos por mis compañeros para anticipar el planning de la semana siguiente. Vío comenzó a tener en cuenta mis opiniones para completar su esquema establecido, hasta entonces inamovible, perfecto. Y me dejó estar con él mientras leía y escribía, mientras se rascaba la cabeza con el lápiz, mientras miraba al infinito y escribía otra vez y leía absorto y de nuevo volvía al infinito. Y yo me sentía afortunado. Afortunado de ser el único que podía acompañarle sin distraerle, afortunado de ser su silencio.

Un día rompió su concentración, tenía una duda, necesitaba un punto de vista, mi punto de vista, y yo se lo di. Y esa idea fue escrita en uno de los márgenes de su enorme y ajado libro. Y yo me sentí elogiado. En adelante ya siempre me preguntaba antes de escribir algo definitivo, y me pedía que le leyera mientras él se dedicaba a escribir en el aire las hipótesis que se le iban ocurriendo. Los viernes, yo repartía las cuartillas con él, yo explicaba las misiones con él y no las acataba, las creaba para los otros. Y todos dejaron de mirarme cuando les entregaba las cuartillas, y todos contestaron a mis palabras con un silencio absoluto. Pero yo sí miraba a Vío, y cuando nuestras miradas coincidían, me sentía su igual.

Un viernes, siguiendo con obsesión las líneas del enorme tomo, mi inspiración pareció desatarse sin barreras, abarroté unos cuantos márgenes y miré absorto al vacío, entonces rompí mi concentración, tenía una duda. Pero, cuando miré a mi lado, no encontré a Vío.

Cada recreo leo enormes tomos, escribo abundantes anotaciones en los márgenes y miro absorto al vacío. Cada viernes, ellos llegan, diez minutos después de que comience el recreo, a la parte de atrás de la caseta de los servicios. Nadie parece verme cuando camino hacia allí, pero nunca falto a la cita. Les doy sus cuartillas y ellos no intervienen en ningún momento, se marchan en seguida a cumplir su trabajo. Me pregunto a veces por Vío, hay ratos en que necesitaría una de sus opiniones.